Aquí yace mi vuelo
En el abismo de mi ser yace un vacío,
un eco sutil de desgana en el pecho.
Te amo, sí, como se ama en las sombras,
pero mis labios se niegan a un beso.
No quiero tus suspiros ni tus caricias,
aunque te ame con un fuego callado.
Mis manos se duermen, mis brazos se vuelven plomo,
como si el acto de amar fuera un peso arrastrado.
¿Por qué la piel rehúsa el contacto?
Amar no basta, el cuerpo se rebela.
No deseo rozar la piel que amo,
aunque mi corazón lata por ella.
Y te amo, pero no quiero tocarte; apatía.
Como si el amor y el deseo fueran a la par en rebeldía.
Y te amo en el silencio de mis adentros,
aunque mis manos eviten los encuentros.
Amor, palabra que se enreda en mis labios,
como espinas que se clavan en la garganta,
te amo, sí, pero el deseo se disuelve en la bruma.
Mis labios pronuncian promesas falsas.
Las caricias, suaves hojas de un otoño sin color,
se deslizan por mi piel, indiferentes como el viento,
y tus palabras, como pájaros sin alas,
revolotean en mi mente, pero no encuentran puerto.
Y así, en este bosque de emociones truncas,
te amo con la intensidad de una estrella moribunda,
y aunque te amo con la profundidad de un abismo,
mi corazón es un pozo sin eco, un eco sin nido.
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