El de la pierna inquieta

La pierna inquieta, el tecleado intranquilo. Ese semblante imperturbable de mirada mortífera. Cuando algo quiere, lo tiene, y no para, porque el que se detiene lo desecha, lo que no sirve no lo usa, lo que recibe lo explota. Es una máquina de pensar, decir y hacer hasta que conquista el objetivo, ese entre ceja y ceja, incrustado en sus pupilas renegridas. Hace conexiones fugaces, a la velocidad de la luz, y me entero tras su patrón veloz de orbes de derecha al centro que está intentando hacer calzar los nuevos códigos con los códigos que ya tiene y que con los nuevos códigos encuentra más códigos con los que ir actualizando su reciente código nuevo que cuestionó y reestructuró un instante antes de que yo siquiera pusiera aquí mi siguiente palabra. Demente. A veces siento que el golpeteo de la suela de su zapato incrementa en fuerza y velocidad a cada segundo, pero creo que es su errática apariencia la que me hace acelerar a ritmo de él. Mi mente no está preparada, mucho menos mi corazón. Mi corazón que escribe pensares y sentires, y su cerebro que escribe planes y haceres. Por más ruidoso que sea el urbanismo, no atemoriza al que está envuelto en su propia burbuja (el escritorio, el ordenador, el móvil, la silla desplazable), no se relega a las edificaciones y el tráfico, no le ahuyenta la vida de oficina. A él todo le da igual mientras no se le escape el juguete de las manos... Y no le falte un café y su cigarro; el pucho, sin ese no es nada, sin ese no hay vida. Si por mi fuera, y como escritor pudiese cumplir la total fantasía de ser un observador invisible (pasivo, expectante, cual fantasma) me rendiría ante la seducción de ver al esclavo de su propia producción trabajar con el ímpetu que me cautiva hasta hacer temblar mis letras.

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