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Quiero querer que

Yo solo quiero que llegue esa persona que se desvele conmigo. Quiero ese silencio sensato de amorío intocable, de latidos eufóricos, el unísono de anhelos. Quiero esa persona que me acompañe frente a frente, a la espera de los pájaros que anuncian la llegada del día siguiente, del ponerse en marcha, de los que aturden fuerte. La devoción a los primeros rayos de sol. Quiero ese alguien que no comparta solo una, sino dos, tres, hasta siete u ocho tazas de té, donde las horas pasan volando, pero la mente queda en disonancia, marcando ocupado, sin saber si va muy rápido o si quedó encerrado en un bucle de murmullos de corazones retraídos. Quiero alguien dispuesto a la condena, alguien que negocie su vigilia. Quiero alguien con agallas. Quiero ese que viene y no dice nada, pero su presencia dice todo. La insistencia. Quiero el que se deleita con la taza en fantaseo de sus labios sobre los míos; porque en silencio siempre lo hago. Quiero el pensamiento impuro, el recelo y la picardía, quiero...

Tango de tinta y desvelo

En el silencio de la noche sin fin, se despiertan las sombras de mi ser, insomnio, amante cruel, eterno rincón, donde la oscuridad me envuelve con placer. Los relojes murmuran su monótono cantar, y yo, prisionero de la vigilia perpetua, navego por mares de pensamientos al azar, en la penumbra de una mente que fluctúa. Las estrellas observan mi inquieto caminar, testigos mudos de mis desvelos oscuros, mi alma danza en el abismo sin cesar, bajo la luna, reflejo de destinos futuros. Las horas se estiran como sombras en la pared, en el insomnio, mi mente es un laberinto, caminando por pasillos de sueños entrelazados, donde el dolor y la paz encuentran su tinto. En el eco de mis suspiros, la noche se ríe, un tango de desvelos y letras desgarradas, como un escritor errante, mi alma se desliza, entre los pliegues de las horas malgastadas. Oh, insomnio, amante de la pluma que fluye, en tus brazos encuentro un ahogo sombrío, en la madrugada, donde el mundo huye, mi prosa se entreteje en el lien...

Ritual de claveles

 En la penumbra del jardín secreto, donde las sombras susurran en clave, un gato negro, de ojos de misterio, descubrió el secreto de los claveles. Sus patas sigilosas, un suspiro en el rocío, se deslizó entre las flores que se alzan, y vio a alguien, en un rincón sombrío, adorar claveles, como promesas que abrazan. Los pétalos rojos, como labios apasionados, eran ofrendas en manos temblorosas, un lenguaje de amores silenciados, donde el gato observaba, entre sombras hermosas. La noche callada, el gato curioso, testigo de un ritual, un gesto sagrado, vio cómo los claveles eran un anhelo lujoso, entre manos que buscaban lo nunca revelado. El misterio del amor, tejido en espinas, entre susurros de hojas y suspiros del viento, el gato negro, en su piel de sombras divinas, descubrió la danza de un amor sediento. Y así, entre claveles que florecían secretos, el gato, testigo de un rito revelador, entendió que regalarlos no era un defecto, sino un acto sublime, un pacto de amor. En la noc...

Y para precisar

 Te amo, sí, como la flor ama el invierno, un afecto tan cálido como un glaciar eterno. Te amo, sí, como el viento abraza la roca, una pasión tan firme como una barca rota. Te amo, sí, como un pez adora el desierto, en un hábitat ajeno, sin consuelo cierto. Te amo, sí, como la tormenta busca su calma, dulce mentira que mata, que apunta con su arma. Te amo, sí, como el verso necesita la rima, una afirmación vacía, una trama que fastidia. Te amo, sí, como el suspiro extraña la brisa, una declaración hueca, apenas precisa. Te amo, sí, como el insomnio aguarda el descanso, un sentimiento que se deshace, cual barro manso. Pero, en la claridad de esta confesión, si el sarcasmo no te queda claro, no, no te amo.

Aquí yace mi vuelo

 En el abismo de mi ser yace un vacío, un eco sutil de desgana en el pecho. Te amo, sí, como se ama en las sombras, pero mis labios se niegan a un beso. No quiero tus suspiros ni tus caricias, aunque te ame con un fuego callado. Mis manos se duermen, mis brazos se vuelven plomo, como si el acto de amar fuera un peso arrastrado. ¿Por qué la piel rehúsa el contacto? Amar no basta, el cuerpo se rebela. No deseo rozar la piel que amo, aunque mi corazón lata por ella. Y te amo, pero no quiero tocarte; apatía. Como si el amor y el deseo fueran a la par en rebeldía. Y te amo en el silencio de mis adentros, aunque mis manos eviten los encuentros. Amor, palabra que se enreda en mis labios, como espinas que se clavan en la garganta, te amo, sí, pero el deseo se disuelve en la bruma. Mis labios pronuncian promesas falsas. Las caricias, suaves hojas de un otoño sin color, se deslizan por mi piel, indiferentes como el viento, y tus palabras, como pájaros sin alas, revolotean en mi mente, pero n...

Instantes de té y sombras felinas

  En la penumbra de la cafetería, silueta de murmullos, donde los relojes bailan al compás del humo, un solitario observador, en la esquina del rincón, un gato negro, taciturno, al acecho en su canción. Entre la cafeína que embriaga esperanzas, el té, como un susurro en la taza pausada, un espectador, un felino entre pares, maravillado por los momentos singulares. En la rutina encuentra poesía, cada sorbo, un verso en la melodía, todos persiguen el mañana distante, mientras él, en el presente, es un navegante. En el humo de los sueños ajenos, la soledad se convierte en abrazo, observa cada gesto, cada destello, como si el tiempo danzara despacio. El vapor del café escapa en el aire impaciente, mientras el té exhala, tranquilo y serenamente, el entintado, con su pluma en un rincón, atrapa instantes, olvidados en la confusión. En cada sorbo, el tiempo se desacelera, y el bullicio se transforma en melodía sincera, los destellos de la rutina, pequeñas constelaciones, se revelan ante oj...